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HISTORIA VERDADERA DEL VALIENTE BERNARDO DEL CARPIO
CAPÍTULO II.
Nacimiento e infancia de Bernardo.—Gallardías de su mocedad. Vence a Carlo-Magno en la batalla de Roncesvalles.
Corrían los años de 794 cuando el famoso rey D. Alonso de Castilla, llamado el Casto (cuyas virtudes y hazañas merecieron los muchos premios que le concedió el cielo) se coronaba rey de estos reinos. Tenia este príncipe una hermana llamada doña Jimena, que olvidada de sus obligaciones, se dejó llevar de la galantería del conde de Saldaña, llamado D. Sancho. Como el amor es ciego, se obcecaron de tal suerte, que haciendo su matrimonio clandestinamente se manifestó a poco tiempo en cinta la infanta. Hízose patente la demasía: la afrenta fue pública y el sentimiento y dolor del rey su hermano, muy grande. Castigó el exceso cual pedía el caso, a la infanta la encerró estrechamente en un convento, y al conde, convencido del delito, le mandó sacar los ojos y darle cárcel perpetua en el castillo de Luna.
Llegado el término del embarazo de la infanta Jimena, nació nuestro insigne Bernardo del Carpio, tan hermoso y dispuesto, que aficionado su tío el rey D. Alonso de sus gracias, le mandó criar como a hijo suyo en Asturias, pues que no quiso que en la corte hubiese despertador de las afrentas de su familia. Era el rey muy circunspecto en todo, al paso que prudente, mas con los años y largo tiempo se dan las cosas al olvido. Creció Bernardo en la edad y en las costumbres, y viéndose ya mozo gallardo, y que su denuedo y bríos le incitaban a la guerra, comenzó como soldado a mostrar su valentía. Las guerras tan frecuentes con los moros en aquel tiempo le presentaban continuas ocasiones; salió en muchas batallas y encuentros vencedor con hazañas memorables. Llegaban todos estos hechos a noticia del rey su tío, que le servían de mucha complacencia; y como ninguna cosa podía ser de mas alivio a D. Alonso, dio orden para que lo trajesen a la corte, haciéndole caricias y agasajos.
Siendo hijo de su hermana, y no teniéndolos el rey, corría la voz de haber de sucederle en la corona; que entonces el nombramiento del rey legitimaba la sucesión. Con esta expectativa, y por librar a su padre de la prisión rigorosa, se ofrecía el gallardo joven a los riesgos y peligros; triunfando de ellos, y no menos que haciéndose temer de toda la morisma. Amábanle todos entrañablemente gozosos en sumo grado de tenerle por caudillo; pero donde echó el resto de sus proezas después de haber ejecutado muchas, con los moros, fue en la batalla de Roncesvalles, y en. cuya victoria y triunfo es indecible la fama que se adquirió, y que dio mas nombre a nuestro insigne Bernardo en todo el mundo. El caso aconteció de esta manera:
Hallábase el rey D. Alonso bastantemente oprimido y fatigado de las guerras que por una y otra parte le hadan los moros; y aunque con la ayuda de su sobrino Bernardo del Carpio salía en todas vencedor, temía ya su mucha edad y recelaba el riesgo a que estaba expuesto el reino, cercado de enemigos de Dios y su santa ley. Considerando, pues, la fama de Carlo-Magno, rey de Francia y emperador de Alemania, acordó que seria buen medio valerse de su ayuda para desarraigar de esta suerte los moros de toda España, y en pago de esto, supuesto que estaba sin hijos, nombrarle por sucesor a la corona, adoptándole por hijo. Si comunicó este acuerdo, no lo dicen los historiadores. En fin, se efectuaron los despachos: dióse parte al imperio y agradóle mucho la determinación del rey a Carlo-Magno, abrazando gustoso el partido que le hacia, pareciéndole que solo le faltaba por lauro de sus glorias llamarse el rey dé los españoles o quedar afirmado en tan ilustre corona (por ser él ya viejo) un nieto suyo, hijo de Pipino. Con esta resolución, se movió desde Alemania, donde se hallaba -entonces, y con gran poder de gente enderezó su viaje para España.
Aunque fue grande el secreto con que el rey D. Alonso anduvo en estos tratos, no pudo serlo de suerte que dejase de saberse; porque muchos de los que asistían a ellos (émulos quizá de la dicha de Bernardo), por ganar voluntades y tenerle de su parte, lo divulgarían. Como era cosa tan grave pasó la palabra presto de unos en otros: comenzó a resentirse la nobleza; pero nadie se atrevía a hablar; tan antigua es la lealtad a sus reyes en España.
Solo Bernado del Carpio, bravo por su lozanía, y como interesado al cetro, que puesto ya al tablero, se le barajaba la fortuna, o como sobrino del rey, que esto seria lo más, comenzó a oponerse a aquellas gentes, acaudillando a todos sus amigos y a los nobles para la resistencia, publicando a veces no ser razón ni justicia lo que trataba. El mismo rey arrepentido de lo hecho, según lo escriben algunos autores, y entre ellos Mariana, aprobó la resistencia; y el arzobispo D. Rodrigo dice que se halló el rey en la batalla de Ronces valles.
Hecho, pues. Bernardo del Carpio caudillo de los que quisieron seguirle, y valiéndose mañoso de Marsilio, rey moro de Zaragoza, salieron a estorbarla entrada a Carlo-Magno, que atravesando los Pirineos con el mas lucido campo que juntó la Francia jamás, pensaba a fuerza de armas hacerle cumplir el trato a D. Alonso; mas la maña con que nuestro Carpense le estorbó sus ideas, fue notable; porque la disposición y traza vale mas en la guerra que la muchedumbre de gentes; pues no tiene duda que la de Carlo-Magno excedía por extremo a la que conducía el gran Bernardo. Advirtiendo este, pues, astuto, que el ejército del francés era mas numeroso con ventajas conocidas y que en llano seria ventajosa también la caballería francesa, dio trazas de tomarles los Pirineos cogiendo las cumbres por una y otra parle. En aquel sitio, pues, que llaman Roncesvalles, famoso desde entonces, se trabó la batalla tan reñida y no menos sangrienta.
Comó los nuestros estaban en mejores posiciones, y lo fragoso del monte no daba lugar de jugar la caballería de los contrarios, ni ponerse en orden de batalla, hicieron de ellos los españoles cruel carnicería. Mataron de los primeros aquel famoso héroe de los novelistas y romancistas, Roldan, conde de Bretaña, que fue paladín valiente, y con este a otros caballeros franceses de mucha cuenta, con que comenzó a flaquear el ejército francés. Visto por Carlo-Magno el temor de los suyos, y la matanza que en ellos se ejecutaba, con deseo de reponer su gente que desmayaba en. aquel aprieto, después de animar a sus soldados con varias razones, hizo señal con la bocina, como lo acostumbraba. Renovóse la pelea con grande coraje: derramóse mucha sangre, murieron los más valientes y atrevidos franceses; los españoles, endurecidos por los muchos trabajos, peleaban como furiosos leones; y la opinión, que en la guerra puede mucho, quebrantó los ánimos de los contrarios. Y así, en lo más recio de la pelea, se divulgó por los escuadrones, que los moros, como gente que conocía bien el terreno, se apresuraban para dar sobre ellos por cortarles la retirada. Ningún lugar hubo, ni más señalado por el destrozo de los franceses, ni más conocido por la fama de los españoles. Este destrozo fue el más sangriento que se vio jamás. Fueron pocos los que puestos en huida escaparon por sus pies. Los más y de mayor cuenta formaron la más horrenda tumba que se haya visto en todo el mundo. Carlo-Magno salió huyendo, y a pocos días murió de pesadumbre en Aquisgrán. Bien es, que, según se leo en algunos otros autores, murió de calenturas y doler de costado, que sin duda se le ocasionaría de su desastrosa desgracia.
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