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HISTORIA VERDADERA DEL VALIENTE BERNARDO DEL CARPIO
(Siguiendo a Alfonso X, al
Toledano y al Tudense, en estos capítulos (del VI al IX) no relata hechos concretos realizados por
Bernardo del Carpio)
CAPITULO VI.
Noticia, Breve de don Alonso el Casto,—Los ángeles en figura de peregrinos le fabrican una cruz.
Murió, en fin, el rey don Alonso el Casto, y el segundo de este nombre, rey verdaderamente bueno y cristianísimo; pues lleno de años y días como también de buena vejez, amado de Dios y de los nombres dio su espíritu al Señor. Está sepultado en Santa María de Oviedo: fue muy católico, gran limosnero, defensor de la fe de Jesucristo, devotísimo de las cosas sagradas y de enriquecer los templos fue llamado el Casto, porque ni aun a su propia mujer conoció; por lo que no teniendo hijos, dejó por sucesor al referido don Ramiro, olvidándose de su sobrino Bernardo del Carpio, acreedor que era como el que mas a la corona cuya falta puede decirse fue la única que cometió.
Este cristianísimo rey donde más se esmeró su celo y devoción, fue en Oviedo, en las fábricas de varias iglesias;.y allí la sucedió aquel maravilloso prodigio de la Santa Cruz que le fabricaron los ángeles, que por ser una de las maravillas mas especiales del cielo viene muy a propósito para referirla aquí, según la trae uno de los historiadores antiguos, llamado comúnmente el Monje de Silos, por haberlo sido en aquel célebre monasterio. Hállase la historia en latín; pero se han traducido puntualmente sus palabras para que estén al alcance de todos.
Dice, pues, este autor, que considerándose el rey don Alonso rico con el arca de las reliquias que vinieron a Sevilla desde Jerusalén, y que de Sevilla fue trasladada a Toledo, donde estuvo cien años, y que en la pérdida de España fue llevada a un lugar llamado Subsalas, que está junto á, Gijón, procuró para darla el debido culto, edificar la obra maravillosa de la iglesia de San Salvador, en cuya construcción se empleó el término de treinta años; fabricó después las iglesias de Nuestra Señora, de Santa Leocadia de San Tirso, y a distancia de 625 pies la iglesia de San Julián y Santa Basilisa.
Concluidas las fábricas de estas iglesias, hallándose este devoto rey con cantidad de oro y piedras preciosas, discurrió en fabricar una hermosa cruz. Considerando sobre la fabricación de dicha cruz un día que había comulgado en ambas especies (que en aquellos tiempos se acostumbraba,) estando para sentarse a comer, se le presentaron delante dos ángeles en traje de peregrinos, diciendo que eran artífices. Entrególes el material, y les señaló el sitio donde pudiesen trabajar la cruz. Advertido el rey de que sin conocer a los artífices les había entregado el oro, envió personas para que se informasen de los que trabajaban; al llegar a la casa señalada para labor, vieron en ella tanta claridad como si de allí naciese el sol. Acercáronse a la puerta, y vieron que la cruz estaba ya fabricada y despidiendo de si refulgentes rayos, y que los artífices no estaban allí. Pasaron a dar cuenta al rey D. Alonso, y acudió luego a ver el prodigio, de que admirado, dio muchas gracias a Dios, y dispuso que la Santa cruz fuese colocada en el altar mayor de San Salvador.
Hasta aquí lo que refiere el monje historiador de Silos,
CAPITULO VII
Descubrimiento maravilloso del cuerpo de Santiago.
También mereció este cristiano y devotísimo príncipe, que en su tiempo dispusiese la divina Providencia manifestar el Tesoro del cuerpo de nuestro apóstol Santiago, que noticioso el rey del hallazgo, se puso muy alegre en camino para, visitar el sepulcro de nuestro Santo Patrón. Desde este maravilloso hallazgo, comenzó España a levantar las esperanzas de su restauración. Cúpole esta dichosa suerte, como se ha dicho, a nuestro rey don, Alfonso y a Teodorico, obispo que era a la sazón de Iria-Flavia, que es aquella parte de Galicia donde fue hallado. De la manera que aconteció este prodigio lo refieren los más de .los historiadores de España, y aquí se dará noticia do él, según se halla escrito en nuestro historiador el P. Mariana, fielmente copiado y con sus palabras, según se halla en el tomo I, lib. VII.
Floreció el culto de la religión cristiana antiguamente en un ángulo de Galicia y en aquella parte donde estaba situada la entonces llamada Iria-Flavia, que es hoy día el Padrón, cuanto pudiese estarlo en cualquiera otra parte de España. La cruel tempestad que se despertó contra los siervos de Cristo, en el tiempo en, que prevalecía la vanidad de los muchos dioses y por mandado de los emperadores romanos, se empleaba todo género de tormentos en los cuerpos de los que reverenciaban a Cristo: hizo que todo punto se acabase hasta en aquellos lugares la cristiandad. Por donde, ni en lo restante del imperio romano, ni en el tiempo que los godos fueron señores de España, se tenia tal noticia del sepulcro del apóstol Santiago. Con el largo tiempo y con este olvido tan grande, el lugar donde estaba se llenó de maleza y matorrales, sin que nadie cayese en la cuenta de tan gran tesoro, hasta el tiempo de Teodorico, obispo iriense.
Myro, rey de los suecos, conforme a la observancia y costumbre de Roma, dejó señalados los términos por todo su reino a cada uno de los obispados, y por obispo de Iria quedó nombrado Andrés; sucediéronle sucesivamente por su orden, Dominico, Iamuel, Gotomaro, Vincivil, Feliz, Hindulfo ó Theosindo, Emula, Romano, Agustino é Hindulfo, de los cuales todos, fuera de los nombres, no ha quedado noticia alguna; y con la misma ocuridad de ignorancia y olvido quedaron sepultados todos los demás que les sucedieron, si la luz del apóstol Santiago no abriera los ojos, y su resplandor que en breve se extendió por todo el mundo, no los esclareciera.
Fue aquel sagrado tesoro hallado, como se ha dicho, por diligencia de Teodomiro, sucesor de Hindulfo, y por voluntad de Dios, de esta manera. Personas de grande autoridad y crédito le afirmaron, que en un bosque cercano al citado Padrón, se veían y resplandecían muchas lumbreras entre las tinieblas de la noche. Recelábase el santo prelado no fuese alguna ficción; mas con deseo de saber la verdad fue allá en persona, con sus mismos ojos vio que todo aquel lugar resplandecía con luces que se veía por todas partes. Hace desmontar el bosque, y cavando en un montón de tierra, hallaron debajo una casita de mármol, y dentro el sagrado sepulcro. Las razones con que se persuadieron ser aquel sepulcro y aquel cuerpo el del sagrado apóstol, no se refieren; pero no hay duda sino que cosa tan grande no se recibió sin pruebas bastantes. En efecto, buscaron los papeles que quedaron de la antigüedad, memorias, letreros y rastros que aun hasta hoy se conservan muchos y notables. Aquí, dicen, oró el apóstol, allí dijo misa, acullá se escondió de los que le buscaban para darle muerte. Los ángeles, que a cada paso dicen se le aparecían, dieron además testimonio de la verdad como testigos abonados y sin tacha.
El obispo con deseo de avisar al rey de lo que pasaba, sin dilación se partió para la corte. Era el rey muy pió y religioso, deseoso de aumentar el culto divino, además de las otras virtudes en que era muy cumplido, acudió en persona y por sí propio vio todo lo que decían. La alegría que recibió fue extraordinaria. Hizo que en aquel mismo lugar se edificase un templo con el nombre de Santiago, bien que grosero y no muy fuerte por ser de tapia sencilla. Ordenó beneficios y señaló rentas de que los ministros se sustentasen conforme a la posibilidad de los tesoros reales. Esto es lo más principal que trae Mariana, aunque prosigue hablando de sus romerías; y lo que se puede decir del hallazgo del cuerpo del santo apóstol después de haber ochocien tos años que por persecución de los judíos le trajeron sus discípulos a España, y aquí por los gentiles le dejaron escondido, sin que se hubiese sabido de él hasta ese tiempo en que fue descubierto para dicha de nuestra España y felicidad de nuestro católico y casto rey D. Alonso el segundo de Castilla.
CAPITULO VIII.
Después de la muerte del rey D. Alonso, Bernardo sigue prestando servido a los reyes sucesores.—No pudo alcanzar de ninguno de ellos la libertad de su padre.
Volvamos ya a nuestro insigne y desgraciado príncipe Bernardo del Carpio, que habiendo ocurrido la muerte de su tío el rey D. Alonso, vino a quedar huérfano en todo. Mantúvose, no obstante, tolerando tan pesados reveses de la fortuna. Sostúvose tan prudente y tan leal, que en tres reyes que alcanzó después de la muerte de D. Alonso, que fueron D. Ramiro, D. Ordeño y D. Alonso el Magno, los sirvió Bernardo con lealtad, sosteniéndoles la corona con el esfuerzo de su brazo. No quiso pretender derecho alguno cuando se lo había quitado la suerte, antes procuró obligar con nuevos servicios por la libertad de su amado padre. Empezó a obrar esforzadamente en las empresas que le ocurrieron al rey D. Ramiro, en las muchas batallas que tuvo con los moros, y especialmente aquella tan célebre de Clavijo, que tuvo el segundo año de su reinado, y donde se le apareció el Apóstol Santiago.
Hallábase muy orgulloso con las victorias que había obtenido Abderramán, rey de los moros. Apoderóse de la ciudad de Valencia; después de tomada esta cogió a Barcelona y otras muchas tierras. Con estas victorias quedó tan ufano y altivo, que intentó dar y emprender guerra contra el rey D. Ramiro; envióle una embajada para requerirle le pagase el tributo de las cien doncellas, que conforme el acuerdo hecho con el infante Maure-gato se le debían en clase de tributo, que era llanamente amenazarle con la guerra, declararse por enemigo si no le obedecía en lo que reclamaba. Grande era el espanto de la gente, y mayor la afrenta que de esa embajada resultaba. Así los embajadores fueron luego despedidos. Valióles el derecho de gentes para que no fuesen castigados como merecía el atrevimiento de demanda tan indigna, injusta é intolerable. A consecuencia de esto, fueron Llamados todos los que eran de edad a propósito en todo el reino, y forzados a alistarse y tomar las armas, fuera de algunos pocos que quedaron para la labor de los campos, por miedo que si no dejaban estos serian afligidos no menos del hambre que la guerra. Hasta los mismos obispos y varones consagrados a Dios siguieron el campo de los cristianos.
Grande era el recelo de todos, si bien la querella era tan justa, que tenían esperanza de salir con la victoria. Para ganar reputación y mostrar que hacían de voluntad lo que les era forzoso, acordaron de romper ellos los primeros y correr las tierras de los enemigos, en particular se metieron por la Rioja, que a la sazón estaban en poder de moros. Al mismo tiempo Abderramán juntaba gran número de gente de sus estados, aparejaba armas, caballos y provisiones, con todo lo demás que entendía de ser necesario para la guerra, y para salir al encuentro a los nuestros. Juntáronse los dos campos de moros y cristianos cerca de Alvelda ó Alveyda, pueblo en aquel tiempo fuerte, mas al presente ya casi desplomado y distante poco más de dos leguas de Logroño.
CAPITULO IX.
Descripción de la batalla de Clavijo.—Aparición del apóstol Santiago.—Origen de los votos.
En el sitio referido se dio una reñida batalla, en la que los cristianos que al principio llevaban lo mejor, empezaron a ceder de cansancio y acosados por la superioridad de los enemigos. En tan apurada situación, principiaron a ordenar su retirada hacia la montaña de Clavijo, teniéndose por dichosos en que las sombras de la noche que empezaron a sobrevenir, hiciesen suspender las hostilidades antes que la retirada se convirtiese en manifiesta fuga.
Cuando al favor de las tinieblas y descanso de la noche pudieron los soldados de D. Ramiro rehacerse y volver a concertar sus desordenadas huestes grande fue la congoja al reconocer la inmensa pérdida que había tenido. El parecer de los más advertidos era que se debía levantar el campo y aprovechar aquellos momentos de oscuridad y silencio para ponerse en salvo, pues era temeridad manifiesta esperar el choque de los enemigos en el día siguiente. D. Ramiro, disimulando la pena que en su pecho sentía, andaba consolando a los unos, animando a los otros, y atendiendo a cuanto era menester en aquel campo que tan deplorable aspecto presentaba. No se veía más que grupos de hombres curando algún herido a la rojiza claridad de las hogueras soldados que con una serenidad envidiable dormían indolentes sin cuidarse de la muerte que les amenazaba, y por todas partes se escuchaban quejidos, plegarias y lamentos. D. Ramiro, después de haber visitado los centinelas y puestos avanzados en que descansaba la seguridad de todos, se reclinó un momento sobre las mismas peñas de la montaña, y sin quitarse la armadura procuró dar treguas a las penas é incertidumbre de su ánimo, disfrutando algún descanso. Apenas empezaba a conciliar el sueño cuando una repentina aparición se ofrece a su vista. Era un mensajero celeste, en sus venerables facciones y magestuoso aspecto, cree reconocer al apóstol Santiago, rodeado de todo el esplendor de la Sión celestial.
«No temas. Ramiro, le dice; los enemigos, dueños del campo, te rodean por todas partes; pero Dios está entre sus fieles servidores. Abandona el sueño, prepara tus huestes, y al romper el día ataca los infieles sin temor, que con el auxilio del cielo triunfará tu justa causa.»
D. Ramiro despierta, se levanta despavorido; la oscuridad y el silencio reinan todavía por todas partes; pero la misteriosa visión está fija en su mente, y su majestuosa voz aun resuena en sus oídos. Llama inmediatamente a los magnates, y a los prelados y a los jefes del ejército, y les cuenta lo que le acaba de pasar. En la agitación del monarca, en el entusiasmo que respiran sus palabras, hallan ellos la prueba de aquel hecho extraordinario: la nueva corre rápidamente de boca en boca, la confianza renace por todas partes, y los guerreros del ejército, contando con el auxilio divino ya no temen sino piden el combate.
Hallábase entonces entre los españoles en el mayor grado de fervor la devoción al apóstol Santiago, el primero que había predicado en la Península las verdades del Evangelio. Era tradición constante entre los naturales, que después que el apóstol había sido martirizado en Palestina, su cuerpo recogido por sus discípulos y abandonado en una barquilla a merced de las olas, había venido desde el puerto de Joppe surcando el Mediterráneo y el Océano, hasta llegar a Iria-Flavia en Galicia, y hallado después del modo que se ha dicho.
Asomaba en el horizonte la pálida y blanca línea que es precursora de la claridad del día, cuando ya empezaron a ponerse en movimiento los dos contrapuestos ejércitos. Ambos deseaban salir de aquella indecisa posición, y eran tales los intereses que se habían de ventilar en aquel día, que aun a trueque de arriesgarlos; todos ansiaban llegar cuanto antes al término de la lid. En los árabes era mayor el anhelo, pues lo sucedido en el día anterior les hacia augurar que cuanto en aquel sucediese, no sería más que el completo de su victoria. Asomó, por fin, tras de los cambiantes reflejos de la aurora, el primer destello luminoso del sol, y en breve su resplandeciente disco se elevó sobre el horizonte, inundando el espacio de luz y de colores.
La salida del sol que es para todos los hombres sensibles a las bellezas de la naturaleza, un espectáculo tan delicioso y tan magnífico, es para los árabes un momento de éxtasis religioso, en el que hacen una de las más ardientes plegarias de su secta. Para cumplir con este deber religioso, cesó en el campo árabe todo el ruido y movimiento, y los devotos musulmanes vueltos hacia el Oriente, cuna de su profeta y depósito de sus restos mortales, empezaron su plegaria en medio de un silencio imponente, que por lo sumiso no bastaba a alterar la voz de tantos hombres allí reunidos. En este solemne momento fue cuando lanzaron su tremendo grito de guerra las huestes de D. Ramiro.
Nada es comparable a la sorpresa de los árabes, no precisamente por el momento en que los cristianos acometían, sino por la admiración que les causaba al verse atacados por aquellos mismos a quienes creían consternados y casi rendidos. Esperaban a lo mas una débil resistencia que debía terminar en una fuga vergonzosa, y no aquel imprevisto ataque que introducía el espanto y la confusión en sus filas. D. Ramiro había contado, con estos momentos de sorpresa, había organizado su pequeña hueste antes que aclarase el día, y comunicando a jefes y a soldados el ardor que le inflamaba, se había lanzado a la batalla confiando en el favor del cielo;
Los árabes habían perdido la impetuosidad que hace tan peligroso su primer choque, y además habían sido sorprendidos: pero vueltos ya de su espanto sostenían sus puestos con valor, y la victoria se mostraba aun muy indecisa. Animábalas la idea de al victoria del día anterior, obtenida sobre aquellos mismos con quienes entonces peleaban; pero en el mismo momento en que más formidable resistencia oponían, un incidente imprevisto y extraordinario hizo cambiar el aspecto de la lid y decidió la suerte de la batalla.
Venia al frente de los soldados cristianos, como animándolos y guiándolos a la pelea, un guerrero desconocido, blandiendo su centelleante espada, revolviendo por entre los enemigos sobre su impetuoso caballo, y tremolando erguido un blanco estandarte en que campeaba una cruz roja. Los soldados de D. Ramiro se entusiasman a la vista de aquel misterioso personaje, teniéndole por su apóstol protector, exclaman: «¡Santiago! ¡Santiago! ¡Cierra España!»
Desde entonces y durante muchos siglos, este ha sido para los españoles el grito de guerra precursor de tantas glorias bélicas en ambos hemisferios. El denuedo con que los cristianos
acometen derribando filas enteras, impone a los árabes ya cansados de la lid. Por otra parte, el guerrero desconocido que sin recibir la menor lesión, esparce el terror y el exterminio en sus filas, les parece ser el ángel exterminador de que hablan sus tradiciones, y al verle blandir su espada de fuego sobre sus cabezas, poseídos de un pánico terror, se abandonan presurosos a la fuga.
Grande fue la mortandad de los árabes perseguidos hasta Calahorra, cuya población, así como las de Alveyda y Clavjjo, quedaron en poder del vencedor con infinitos despojos de armas y preseas. Terminada la batalla, nada se supo del guerrero incógnito a quien. principalmente se debía la victoria; pero los españoles no dudaron que fuese su santo Patrón, y resolvieron de común acuerdo, hacerle partícipe, como a soldado de sus huestes, de la parte que le correspondiese en el botín cogido a los enemigos. El rey perpetuó en cierto modo este agradecimiento en el famoso voto que hizo a favor de la iglesia de Santiago, el cual fue aprobado después por varios Pontífices romanos.
Las consecuencias de la batalla de Clavijo fueron de la mayor importancia, como que no sólo permitieron a D. Ramiro atender a los cuidados del reino, escarmentados sus naturales enemigos, sino que le facilitaron rechazar después vigorosamente la invasión que los normandos hicieron en 351 en las costas de Galicia. Aquellos piratas, frustrado su intento, volvieron apresuradamente a sus naves, yendo a ejercer sus estragos y rapiñas en las costas meridionales, y contribuyendo esto indirectamente a la preponderancia de D. Ramiro y sus sucesores
Tal es el conjunto de este hecho grandioso, en el que tuvo gran parte nuestro héroe Bernardo del Carpio; y acerca de la citada aparición, queda comprobado más que en documentos históricos contemporáneos, en la tradición constante y en el sentimiento religioso de los españoles que, apellidando al apóstol Santiago, han conseguido memorables triunfos, y han hallado vigor y constancia para lidiar siglos enteros contra la media luna, hasta que la arrancaron de las torres de Granada.
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