HISTORIA VERDADERA DEL VALIENTE BERNARDO DEL CARPIO


CAPITULO X.

Sale Bernardo de la corte y construye el castillo del Carpio.— Obliga a que le entreguen a su padre y se le presentan muerto. —Lleno de dolor vase a Navarra y luego a Francia, donde muere de pesar.

Proseguía nuestro célebre adalid Bernardo del Carpio esmerándose en las batallas que sostuvo el rey D. Ramiro, y no menos continuó con los demás reyes sucesores de éste, D. Ordoño y don Alonso, todo con el fin de ver si con tan singulares servicios podía libertar a su infeliz padre de la prisión en que estaba; pero si terco estuvo su tío D. Alonso, no estuvieron menos estos tres reyes, sucesores de aquel; y viendo que sus intentos no se cumplían, echó por otro rumbo, que fue obligarles a que se lo concediesen. Salióse de la corte, y retirándose hacia tierra de Salamanca con algunos amigos desde el castillo del Carpio, que él mismo fundó, y de donde tomó su sobrenombre, hizo algunos desafueros, de modo que puso en cuidado al rey D. Alonso llamado el Magno, que ya entonces reinaba en Castilla. Viendo este príncipe que Bernardo del Carpio destruía sus tierras, y por otra parte le consideraba animoso y valiente soldado, como también que se llevaba tras sí muchos soldados y caballeros, determinó hacer una junta de los grandes de la ciudad de Salamanca. Propuso en ella los excesos que Bernardo del Carpio hacia en aquellos dominios, y los motivos porque este gran capitán los hacia, que no eran otros que por libertar a su amado padre de la prisión en que estaba ya tantos años.
Hecho cargo todos los congregados allí de los fines de este caudillo esforzado, dijeron a una voz que Bernardo tenia razón, y que pedía sobradamente en justicia el pretender tan justamente la libertad de su padre, ya que con tantos reyes había fielmente servido, y a quien tanto debía la corona, no había sido bastante a conseguirlo; acordóse en la referida junta, que se la concediesen, con tal que Bernardo rindiese el castillo del Carpio. Aceptó al punto Bernardo la condición. Rindió aquella fortaleza al rey D. Alonso el Magno, deseoso de remozar sus días entre los brazos de su amabilísimo padre; mas aquí estuvo el engaño, porque al parecer había mucho tiempo que el desdichado conde, abrumado de trabajos, ciego y siempre oprimido de sus prisiones, ya era muerto; y así cuando pensaba Bernardo verle vivo, le halló cadáver; a cuya vista no hay que referir las lástimas y sentimientos que hizo este desdichado hijo por su padre, pues cualquier discurso los puede imaginar.
Viéndose, pues, este infeliz caudillo despojado del castillo y burlado de aquel modo, se pasó a Navarra y luego a Francia, en cuyas provincias, peregrinando de unas tierras a otras, acabó su vida envuelto entre pesadumbres y tristeza. En esto vino a parar aquella valentía, aquel ardor juvenil, aquel blasón adquirido a coste de tanto heroísmo, aquel nombre tan proclamado en el mundo de Bernardo del Carpio. Lástimas, penas y tristezas fueron el galardón de tantas victorias y de tantos trofeos como consiguió el invicto Bernardo. Toda la privanza no pudo recabarle una merced, y al parecer tan justa como bien debida, pago que continuamente da el mundo, y para que con este ejemplo se vea lo engañador que es éste, y sufra valeroso quien se mira derribado, reveses de la fortuna. Ajuste el que se ve mas caído sus méritos con los de este caballero, su valimiento, su privanza, y ponga los ojos en sus adversidades, y como en espejo vera a sus luces que son pocos sus trabajos respecto de estos ajenos.
En fin, la prudencia y el valor es lo, que importan para no desdecir a cada uno de quien es, ni deslizarse a vileza ni a traición. Mientras más trabajos é infortunios, más cordura y sufrimientos son necesarios; y más el que profese ser cristiano, pues poniendo su confianza en Dios, hará dulces todas las penalidades de esta vida.

FIN

 

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