HISTORIA VERDADERA DEL VALIENTE BERNARDO DEL CARPIO


CAPITULO III.

Noticias biográficas del emperador Carlo-Magno.

Es justo que hagamos aquí referencia de este valeroso emperador, dotado de tantas excelencias y virtudes que ningún príncipe en ellas le ha aventajado; pocos le han igualado, y a los mas ha excedido, por haber tenido tantas virtudes juntas, gentil disposición, hermosura, en el trato afable, en la hacienda liberal y magnifico, en los trabajos sufrido, en propiedades humilde, en las guerras dichoso, en los consejos prudente, amado de los propios y respetado de los extraños, y sobre todo y lo de mayor estimación, que en la religión cristiana fue ejemplo y dechado de los príncipes más católicos del mundo: solo un Carlos V se pudo igualar a Carlo-Magno en el nombre y en los hechos. Pudieran alargarse las alabanzas tan merecidas de este príncipe, pero para eso era precisó hacer historia aparte; y en la que vamos siguiendo de nuestro Bernardo del Carpio, solo entra como de paso para ilustrar y hacer mas gloriosas las hazañas de nuestro héroe Carpense.
Ferreol Locro dice, que le sepultaron con su espada ceñida, con cetro y corona, y en la mano los Evangelios escritos en planchas de oro: escribe asimismo el epitafio de su sepultura como lo trae su. secretario y el cardenal Baronio, con la forma y talle de su disposición. El padre fray Antonio Vicente Domenech, escribe su vida con los santos y varones ilustres del principado de Cataluña Fray Juan Carrillo le enumera y escribe entre los santos de la casa de Austria, y muchos autores le tienen por santo, y celébrase así, según dice un autor antiguo agustino, en el obispado de Gerona, y en algunos de Francia y Alemania. Al tiempo de su muerte dio a su hijo los siguientes consejos, que por ser dignos de que los imiten todos los católicos, los referimos.
El primero, amar y temer a Dios Todo-Poderoso, y guardar sus santos mandamientos. El segundo, defender las iglesias contra los hombres poderosos y atrevidos. El tercero, honrar a los sacerdotes como a nuestros padres y ministros de Jesucristo. El cuarto, amar a les vasallos como a hijos. El quinto, a los soberbios y viciosos, con castigos y penas reducirles a bien vivir. El sexto, consolar a los pobres. El séptimo, procurar que sus acciones sean irreprensibles delante del Supremo Dios y del pueblo.
Así lo refiere el cardenal Baronio, Gualtero y otros autores referidos por el padre Domenech. Esto fue Carlo-Magno, resumido en breve; y esto basta para tener noticia de este grande hombre, y borrar muchas fábulas que se hallan en las historietas y romances de los copleros, que en vez de ilustrar la fama de este príncipe glorioso, la deslumbran con sus patrañas y ponderaciones necias. Volvamos ahora a coger el hilo de nuestra historia.

CAPÍTULO IV.

Hazañas y hechos valerosos de Bernardo en favor del rey para alcanzar la libertad de su padre, y no lo consigue.

Con la referida victoria y con tan grande triunfo, es indecible la fama que ganó nuestro Bernardo del Carpio: lo agradecido y contento que quedó su tio el rey don Alonso, fue en tal extremo que no pudo explicarse; pues con esta empresa no sólo quedó libre del trato que ya tenía acordado, sino que atemorizó las provincias comarcanas. ¿Quién pensará que con esta hazaña no le adoptara por hijo, y más, hallándose el rey don Alonso sin heredero? Que sea Bernardo del Carpio hijo de su hermana doña Jimena;? que alegue mil victorias que le consigue; que le asegure sus tierras y dominios; que sea el terror de sus enemigos; que sea a mas de valiente tan amable y tan bien quisto, y con todo esto no merezca que el rey le apropie el cetro, ó que le haga legítimo, permitiendo que su padre se case públicamente con su hermana la infanta, cosa es que admira y provoca la lástima a cuantos pasan los ojos por este historia, y a todos los que escuchan. La castidad de don Alonso y el considerar el exceso de su hermana, no le dejaban desistir del tesón, por mas justificadas que eran las razones de Bernardo.
Por último viendo este insigne varón que con tantos servicios como había hecho a su tío y a todo el reino en tantas batallas como había conseguido contra los moros, enemigos, de la verdadera religión, con tantos ruegos de la reina su esposa, que compasiva de aquellos pobres señores encarcelados, y con tantas súplicas de todos los grandes y nobles que se interesaban lastimosos por estos infelices prisioneros, no alcanzaban la soltura de la infanta y del conde, sus padres, que eran a lo que los deseos del buen Bernardo, siempre anhelaban, llegó a enfurecerse y aun casi a descomponerse con su tío el rey, pues como no era tan sufrido como otros, quiso verter sus sentimientos por ver si hallaba mejor oportunidad; y así un. día, animoso y arrogante, se presentó al rey, y le dijo estas palabras:
«Señor: cuando los servicios que he hecho a V. M., que por publicos y grandes ellos mismos lo pregonan, no merecieran de justicia sacar de la prisión a un lastimoso anciano, que fue quien me dio el ser para serviros; cuando tantas súplicas como se han interpuesto no lo merecieran, basta, señor, ver que soy vuestro sobrino, y que circula por mis venas sangre de vuestra hermana para suspender las iras y el enojo, para aflojar las riendas del castigo. ¿Por qué queréis consentir que me llamen bastardo, cuando no legitimarme culpa es vuestra, y cuando no desmerece mi padre a vuestra hermana la infanta doña Jimena? ¿En qué os agravió el conde, mi amado y desdichado padre, si de la ofensa que os hizo nació el rayo que os defiende? Si yo no hubiera nacido, no me extrañara que castigarais aquel exceso; mas si del yerro se fraguó esta espada que defiende vuestra vida, vuestro honor y vuestro reino, ¿para qué tanta prisión? ¿Para qué castigo tanto? Y si el cumplir la palabra es un deber que obliga a cualquier hombre de bien, ¿por qué un rey cuya majestad representa y figura la del cielo, ha de quebrantar la suya? ¿Cuántas veces (y alguna que os saqué en hombros de entre los enemigos) me prometisteis tierno la soltura de mi anciano y lastimado padre? ¿Cuántas veces con lágrimas en los ojos tengo hecho recuerdos de ello? Supuesto, pues, que V. M. se niega á, obligaciones, a ruegos se endurece, a lastimas se hace sordo y a servicios no se obliga, bórreme de todo punto de su gracia, y no se acuerde más de quien tan poco merece. Déme licencia para retirarme a Saldaña, patrimonio de mi padre, y allí la ley de hijo noble, trocada la gala en luto, lloraré mi desventura, y juntamente la prisión de aquel desdichado anciano hasta la muerte.»

CAPITULO V.

Se retira Bernardo a Saldaña, y trata de hostilizar al Rey.— Resentido don Alonso de su proceder, le deshereda de la corana.

Aunque se resistió el rey de la libertad con que le habló su sobrino Bernardo del Carpio, y le diesen ideas de prenderle no se atrevió a irritarle. Temiolo enojado, y otorgole la licencia que le pedía de retirarse a Saldaña. Dispuso luego su viaje, y ya puesto en el patrimonio de su padre, retirado de la corte, comenzó desde allí el insigne Carpense con los que habían querido seguirle a vengarlas injurias, haciendo excursiones en las tierras del rey, apoderándose de varias poblaciones

La mucha pasión de que se hallaba poseído Bernardo hacia sus padres y su amor propio, le arrastró al parecer a estos arranques y desaciertos. Como él estaba ya viejo y cansado de las guerras, no pudo resistir a estas turbulencias, mayormente viendo que los nobles favorecían la causa de Bernardo del Carpio: mas no por esto desistió en su tema, ni quiso soltar al conde, que era el fin a que se dirigía el intento del Carpense. No obstante, de nada le valieron estas ni otras tentativas, que es cosa memorable
y un ejemplar digno de estar siempre a la vista de todos los que sirven a su rey para no atreverse osados a ofender, ni aun con los ojos, la persona.
Así es, que por donde extendió y se persuadió Bernardo mover al rey don Alonso al perdón, lo provocó a más enojo; y así, llegándose el fin de sus días, le dejó desheredado de la corona, llamando por sucesor al reino a don Ramiro, hijo del rey don Hernando, que con menos derecho se antepuso a Bernardo. En llevando la fortuna a uno de vencida, todo es irle despeñando de una en. otra desdicha. Ésta que hemos dicho fue la mayor para nuestro Bernardo del Carpio; pues con este desheredamiento se vio sin padre, sin rey y reino; solo le quedó la vida para llorar sus tragedias, y para sentir reveses de fortuna, como más adelante se verá.

 

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